Nima y la casa donde descansa el tiempo
Un cuento sobre escuchar antes de abrir cada puerta. Si el tiempo llamara a tu puerta, ¿cómo averiguarías qué necesita?
23 pages · Ages 6-7 · ES
Nima y la casa donde descansa el tiempo

Nima y la casa donde descansa el tiempo
Para cada niño y cada niña que está aprendiendo que un plan cambiado también puede traer alegría.
Qué hay dentro
El tiempo viene a descansar Demasiadas puertas abiertas Lo que necesita cada tiempo Un pícnic que cambia de sitio
Las cuatro puertas redondas

Cada mañana, Nima sacaba brillo a cuatro pomos dorados en la casa de tejado azul de la abuela Sora. Detrás de una puerta descansaba la llovizna. Detrás de otra se enroscaba la neblina. En la tercera se estiraban los rayos de sol. Y en la cuarta suspiraba una brisa pequeñita y viajera. El tiempo nunca se quedaba para siempre. Solo paraba un ratito, hasta que algún lugar lo necesitaba.
Un pícnic en el patio

Hoy, la abuela Sora tendió un mantel color coral bajo el árbol del patio. Nima colocó cuatro vasos y un cuenco de mango fresquito en rodajas. Los primos llegaban a mediodía. —Un día despejado y sin viento sería perfecto —dijo Nima. Y miró de reojo cada puerta, por si alguna le estropeaba el plan.
La llovizna necesita una pausa

La puerta plateada dio un toquecito cansado. La abuela Sora la abrió solo un palmo. Una llovizna finita se deslizó hasta una pila de azulejos y se quedó quietecita, haciendo circulitos. —Ha cruzado tres colinas secas —explicó la abuela—. Descansa un poco y luego tiene trabajo en el huerto de los frijoles. Nima apartó los vasos del pícnic de la puerta.
La brisa trae una pista

Por la puerta verde menta salió olor a pino y una pelusilla de semilla, flotando. La brisa venía de un prado en la montaña. Dio una vuelta entre los rizos de Nima y volvió a descansar tras su puerta. —¿Cómo sabes adónde tiene que ir cada tiempo? —preguntó Nima. La abuela se tocó la oreja. —Primero, escucho.
La puerta dorada se sacude

Cerca del mediodía, unas nubes taparon la ventana del techo del patio. Los primos estaban a punto de llegar. Nima oyó traquetear la puerta de los rayos de sol y se imaginó el mantel brillando. —Solo un poquito de sol —susurró. La abuela había ido a buscar cojines. Y Nima giró el pomo dorado ella solita.
El sol se estira por todas partes

El oro se derramó por el suelo y trepó por las paredes. Hizo brillar las tazas, el árbol y hasta cada motita de polvo. Nima se rio… hasta que los rayos de sol empujaron la puerta de la neblina. Esa empujó la de la brisa, y esa chocó con la puerta plateada. ¡Y las cuatro manijas de bronce empezaron a girar!
Un lío sobre la mesa

La neblina se enroscó bajito alrededor de las tazas. La brisa levantó las servilletas. La llovizna salpicó el mango antes de que la abuela lo tapara. El sol brilló a través de cada gota y pintó arcoíris chiquititos en la pared. Era precioso… ¡pero imposible para un pícnic!
Nima intenta empujar

Nima empujó la neblina, espantó la brisa con las manos y levantó el mantel contra la llovizna. Nada le hacía caso, porque Nima tampoco estaba escuchando. El mantel se infló a su alrededor como una tienda de campaña color coral. La abuela sujetó una esquina y esperó, tranquila, hasta que asomó la carita preocupada de Nima.
La calma en el medio

La abuela se sentó con Nima bajo el arco del patio. —El tiempo no se puede meter a empujones por las puertas —le dijo—. Pero sí podemos fijarnos adónde quiere ir. Y se quedaron quietecitas. Debajo de tanto plic, plic y tanto flap, flap, empezaron a asomar cuatro pistas distintas.
La llovizna encuentra los frijoles

La llovizna se inclinaba una y otra vez hacia la ventana del este. Allí, el huerto de frijoles se veía seco y polvoriento. Nima abrió esa ventana, con la abuela a su lado. La lluvia plateada cruzó el caminito y ablandó la tierra. Las hojas se levantaron, y el toc, toc cansado de la llovizna se volvió un plic, plic alegre.
La neblina encuentra los brotes

La neblina, blanca como una perla, se juntó junto al refugio de los brotecitos. Con el aire tan seco, sus hojitas tiernas se habían enrollado. Nima guio la neblina por un respiradero redondo. La neblina abrazó el refugio, fresquita y suave, y dejó gotitas finas en las hojas. Una pista, una puerta, un tiempo cada vez.
La brisa levanta las semillas

La brisa volvió a dar vueltas a su copito blanco de semillas. Nima llevó el farol abierto de la puerta verde menta hasta la ventana del prado. La abuela sujetó bien el marco. ¡Y fiu!, la brisa se escapó, llevándose los copitos caídos por encima del muro bajito. No había que pararla. Solo necesitaba su camino para salir.
El sol espera su sitio

Ya solo quedaban los rayos de sol, anchos y brillantes por todo el patio. Los primos llegaron con sus paraguas justo cuando una nube suave tapaba el tragaluz. Nima no le dio órdenes a la luz. Se quedó mirando. Cuando la nube se fue, los rayos se hicieron cuadritos tibios junto al porche techado.
El pícnic se muda al porche

—Se acabó nuestro pícnic en el patio —dijo Nima. Pero luego miró el porche seco, los cuadritos de luz que brillaban en el suelo y las caras ilusionadas de sus primos. Entre todos llevaron el mantel coral seis pasos más allá. El pícnic no se había estropeado. Solo se había mudado.
Arcoíris en los vasos

La llovizna chispeaba en el huerto de frijoles. La neblina dejaba perlitas en los brotes. La brisa hacía que la hierba del prado se inclinara, como en una reverencia. El sol llegó al porche y puso arcoíris chiquititos dentro de los vasos. Nima repartió el mango fresquito. La lluvia, la neblina, la brisa y el sol tenían cada uno su sitio. Y el pícnic, también.
Escuchar antes de abrir

Esa noche, Nima volvió a sacarles brillo a los cuatro picaportes de latón. Plateado, perla, dorado, menta: cada cuarto estaba en silencio, listo para el próximo viajero. Debajo del letrero que solo tenía el dibujo de una oreja, puso un cojincito. Mañana, antes de abrir cualquier puerta, Nima escucharía primero.
¿Cuánto te acuerdas?
Palabras nuevas
De dónde salió esta historia
Este cuento es original y salió directamente de la imaginación. Sus lluvias, nieblas y brisas son mágicas; no explican cómo funciona el tiempo de verdad.
Fin
Nima no podía darle órdenes al tiempo, pero sí podía parar, fijarse bien y elegir cómo ayudar después. Y esa manera de escuchar sirve también fuera de las casas mágicas.