Piko y el mapa que crecía de noche

Una aventura en el jardín de la luna, dibujada caminito a caminito. ¿Qué camino aparecerá la próxima vez que tú ayudes a alguien?

23 pages · Ages 6-7 · ES

Piko y el mapa que crecía de noche

El ratón de campo Piko abre un mapa que brilla y que dibuja caminos por un jardín iluminado por la luna.

Piko y el mapa que crecía de noche

Para quienes buscan caminos y se acuerdan de mirar también a su lado.

Lo que hay dentro

Un mapa sin caminos Atajos que no llegan Líneas que nacen al ayudar Cuatro caminos hacia la cena

La invitación de la baya farolillo

Piko abre un mapa casi en blanco bajo una baya farolillo que brilla.

Cuando salió la luna, una baya farolillo morada brillaba en la puerta de Piko, la de su roble hueco. Debajo, atado, había un mapa color crema. Y también un dibujo de un techito de ramas y hojas para cenar: una glorieta. A Piko le rugió la barriga. Desenrolló el mapa. Ahí estaba la puerta de la luna, ahí estaba la glorieta… ¡y entre las dos, nada de nada!

El lápiz no dibuja nada

En el mapa en blanco de Piko aparece un dibujito pequeño de una patita que ayuda.

Piko trazó una línea recta. El mapa siguió en blanco. Probó una línea con rizos, otra de puntitos y un lazo muy, muy importante. Nada de nada. Entonces la puerta de la luna sonó una vez: ¡tilín! Y en una esquina del mapa apareció un dibujito: una patita que ayuda.

Patitas rápidas, puerta cerrada

Piko ve a Sumi y una cesta de semillas al otro lado de la puerta de la luna cerrada.

Piko corrió hasta la puerta de la luna. Tenía un pestillo bajito de ramas de sauce, pero desde su lado no había forma de levantarlo. Al otro lado, la caracolita Sumi empujaba una cesta de semillas hacia la misma puerta. Piko cabía por debajo él solito. La cesta, no.

Una cesta y dos empujones

Piko y Sumi mueven una cesta de semillas mientras aparece el primer camino en el mapa.

Piko dejó el mapa en el suelo y se coló por el hueco. Entre él y Sumi subieron la cesta a una raíz plana. Luego levantaron el pestillo y, ¡rueda que rueda!, pasaron las semillas. Cuando Piko volvió a por su mapa, lo cruzaba una línea dorada: del roble a la puerta de la luna.

El hueco del puente de trébol

Piko y Pip miran el hueco de una hoja doblada que no deja pasar la cinta del nido.

Pasada la puerta, el camino más rápido cruzaba un puente de hojas de trébol. Pero una hoja se había doblado y dejaba un hueco muy ancho. Allí estaba Pip, el chochín, con una cinta para arreglar su nido antes de la cena. Piko podía saltar el hueco. Pip podía volar por encima. Pero la cinta… ¡ni una cosa ni la otra!

Un puente para la cinta

Piko y Pip usan una cinta para desplegar el puente de trébol.

Piko sujetó bien fuerte una punta de la cinta. Pip llevó la otra punta volando por encima del hueco y la metió debajo de un tallo. Luego, entre los dos, desplegaron la hoja de trébol. ¡La cinta pasó al otro lado! Y en el mapa apareció un segundo camino dorado, con una curva suave, suave.

El eco del túnel de helechos

Piko y Boro encuentran tres piedritas de tambor dentro de una hoja con forma de tacita.

Después, Piko se metió por el estrecho túnel de helechos. Desde dentro llegó un «ploc, ploc» muy preocupado. Era Boro, el sapo. Se le habían caído sus tres piedritas lisas, las de tocar el tambor, dentro de una hoja que hacía de tacita. Las veía ahí mismito, pero no llegaba a alcanzarlas.

La bolsita recogedora

Boro empuja las piedritas de tambor dentro de la bolsita de Piko mientras el mapa crece.

Piko vació su bolsita de bellota, la abrió bien y la bajó junto a las piedritas. Boro las fue empujando una a una con una cañita. Ploc, ploc, ploc. Entonces el mapa dibujó una tercera línea dorada por el túnel de helechos. ¡Y hasta una piedrita chiquitita!

No es un mapa de atajos

Los tres nuevos amigos de Piko se reúnen alrededor del mapa brillante y sin terminar.

En el círculo de piedritas, Piko extendió el mapa bajo la luna. Tres líneas doradas brillaban por donde ya había pasado, pero ninguna llegaba al cenador de las bayas farolillo. —Está roto —suspiró. Entonces llegó Sumi con sus semillas. Llegó Pip con su cinta. Llegó Boro con sus piedritas. —O sin terminar —dijo Sumi.

Cada línea se acuerda

Los amigos siguen con el dedo las líneas doradas del mapa, unidas a lo que hicieron juntos.

Piko siguió la primera línea con el dedo: empezaba donde ayudó a Sumi. La segunda empezaba con la cinta de Pip. La tercera, junto a las piedritas de Boro. ¡El mapa no medía quién iba más rápido! Se acordaba de los amigos que se habían unido. Y ahora cada amigo conocía un trocito del jardín.

Sumi conoce el camino de abajo

Sumi guía a sus amigos por un caminito de musgo suave.

Sumi conocía un caminito de musgo suave, escondido bajo la hierba alta. Era lento, sí, pero tan ancho que cabían todos. Sumi dejó un rastro plateado junto al mapa. Y apareció una cuarta línea dorada, que unía la puerta de la luna con el círculo de piedritas.

Pip ve la curva

Pip, Boro y Piko juntan sus pistas junto a los caminos del mapa que se van uniendo.

Desde una rama bajita, Pip vio el cenador brillando detrás del muro de helechos. Boro descubrió un ritmo en las piedras del camino: dos juntas, una lejos, dos juntas. Piko unió todas las pistas. Y en el mapa, todas las líneas doradas se inclinaban hacia la misma curva final.

El camino se abre de par en par

Piko y sus amigos siguen un camino ancho hacia el cenador de las bayas farolillo.

Siguieron el caminito de musgo de Sumi, la curva entre helechos de Pip, el ritmo de piedras de Boro y la última curva del mapa de Piko. Nadie tuvo que colarse por debajo de una puerta. Nadie tuvo que dejar atrás una cesta. Los últimos helechos se apartaron, y apareció un camino anchísimo. ¡Cabían el ratón, el caracol, el pájaro, el sapo, las semillas, la cinta y las piedritas!

El emparrado los esperaba

Los cuatro amigos llegan juntos bajo un emparrado lleno de bayas farol que brillan.

Cientos de bayas farol maduras colgaban como lamparitas moradas. Debajo, los vecinos del jardín habían puesto cuencos de hoja. El guardián de la cena sonrió. —Nos preguntábamos qué camino elegiría el mapa. Piko miró a sus tres amigos. —Eligió los de todos nosotros.

Semillas, cinta y canción de piedritas

Cada amigo usa lo que trajo para dejar más bonita la cena del jardín.

Sumi sembró semillas para la cena junto al emparrado. Pip ató la cinta del nido como una cortinita suave en la entrada. Boro tocó las tres piedritas: plonc-plinc-plonc. Piko extendió el mapa como mantel. ¡Cada parada del camino había traído algo que la fiesta necesitaba!

Un mapa lleno de mañana

Piko vuelve a casa con sus amigos y un mapa listo para caminos nuevos.

De vuelta a casa, unas líneas nuevas y claritas esperaban en los bordes del mapa. Piko no tuvo prisa por llenarlas. Enrolló el mapa sin apretar y escuchó: ¿habría pasitos junto al camino? Al lado del roble hueco, una baya farol seguía brillando. Mañana podía empezar de muchas maneras.

¿Qué recuerdas?

Palabras nuevas

De dónde salió

Esta aventura de un ratón de campo salió directita de la imaginación. Sus bayas que brillan y su mapa que crece son pura fantasía para jugar.

Fin

Piko empezó con un mapa en blanco y muchas ganas de llegar el primero. Terminó con un jardín lleno de amigos y caminos tan anchos que cabían todos.

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