El museo de los inventos sin terminar
Ada y Ravi tienen una sola medianoche para resolver un problema que ninguna máquina perfecta sabe arreglar. ¿Qué idea rota juntarías con otra para inventar algo sorprendentemente útil?
23 pages · Ages 8-10 · ES
El museo de los inventos sin terminar

El museo de los inventos sin terminar
Para cada idea que todavía lleva marcas de lápiz.
Qué hay dentro
Las puertas se abren a medianoche Cinco errores preciosos La Respuesta Perfecta se rompe Exposición Cero
La puerta detrás del dinosaurio

Ada encontró la llave de latón en un cajón que decía «Cosas perdidas». Ravi encontró la cerradura detrás del dinosaurio más alto del museo. A medianoche, entre dos costillas, apareció una puerta estrechita. —Deberíamos hacer un plan —susurró Ada. Pero Ravi ya había girado la llave.
El museo se despierta

Al otro lado, unos engranajes hacían tic, tic, tic dentro de las paredes. Las vitrinas se desplegaron solas. Una conservadora de cobre, la guardiana del museo, bajó de su pedestal e hizo una reverencia. —Soy Oona —dijo—. Cuido las ideas que se abandonaron un pasito antes de tiempo. Su monóculo rajado destelló hacia un reloj sin números.
Una hora antes del olvido

Oona les mostró una vitrina. Dentro temblaba un paraguas azul cobalto. —A la una en punto, las ideas sin terminar olvidan lo que querían llegar a ser. Ada abrió su cuaderno. Ravi abrió la vitrina. El paraguas se abrió de golpe… ¡y se puso a llover hacia el techo!
Lo útil está escondido en algún sitio

—Un fracaso —dijo Ada. —¡Genial! —dijo Ravi. Oona ladeó su monóculo rajado. —Las dos respuestas llegan demasiado pronto. Ada dibujó el agua subiendo. Ravi puso la mano debajo del paraguas: ni una gota. El suelo seguía seco. Y decidieron que una lluvia al revés también era un tejado estupendo.
Zapatos que se saltan el final

Los zapatos marrones de hebilla recordaban cada sitio por donde habían pasado. Detrás de Ravi se iban encendiendo huellas de puntitos: por tres salas, alrededor de una estatua y escalera arriba. Pero la última huella siempre desaparecía. Los zapatos sabían volver casi, casi a casa… y entonces olvidaban el último paso.
La taza que entendía los sentimientos

La taza color crema iba de aquí para allá sobre seis patitas de escarabajo. —Tráeme el tornillo más pequeño —le pidió Ada. La taza volvió con una cuchara. Ravi resopló, y la taza se mustió. Ada le dio las gracias, y la taza se enderezó toda contenta. No entendía ni una palabra, pero el tono, la manera de decir las cosas, lo captaba a la perfección.
Polillas que buscaban lo que falta

En un cajón de terciopelo dormían doce polillas de latón. Ravi le sacó un engranaje, una ruedita dentada, a una caja de música. Las polillas despertaron y se pusieron a revolotear alrededor del hueco vacío, no del engranaje que él tenía en la mano. Las atraía lo que faltaba, aunque no pudieran ir a buscarlo.
La escalera sin último peldaño

La escalera de nogal subía en espiral hacia un tragaluz, una ventana abierta en el techo. Ada subió con mucho cuidado. Arriba del todo faltaba un peldaño, y el hueco era demasiado ancho para cruzarlo. Cuando Ravi empujó la escalera, todos los peldaños se corrieron un poquito. El hueco bajó… pero no desapareció.
El puerto se quedó a oscuras

Un trueno retumbó más allá del techo de cristal. Al otro lado de la bahía, el faro del puerto parpadeó una vez y se apagó. Oona se quedó helada. Ese faro guiaba los ferris nocturnos del museo y le daba energía al reloj de las ideas. Sin él, a la una en punto se borrarían todos los inventos sin terminar.
La Respuesta Perfecta no dijo nada

Oona sacó rodando la máquina de la que el museo estaba más orgulloso: reluciente, gigantesca, y llamada Perfecta. Ada escribió el problema. Ravi tiró de la palanca. La máquina estuvo haciendo clic, clic, clic un buen rato. Al final soltó una tarjeta impecable… y completamente en blanco. A Perfecta nunca la habían probado en una emergencia de verdad.
Ada dibujó los huecos

Ada extendió cinco dibujos en el suelo. Agua que sube. Un camino al que le falta el final. Una taza que sigue los sentimientos. Polillas que encuentran huecos. Una escalera que mueve su peldaño perdido. Ravi los miró a través de su caleidoscopio. —Ninguno puede terminar solo —dijo—. Pues no mandemos a uno solo.
Un plan con un hueco

El museo podía desplegar un puente de cristal cerca del faro, pero la lluvia de la tormenta le inundaba el mecanismo, ese montón de ruedas y palancas que lo movía. El paraguas podía mandar el agua hacia arriba. Los zapatos podían marcar el camino de mantenimiento, menos el último paso. Las polillas podían descubrir la pieza que faltaba. Y la escalera podía mover su hueco justo a ese sitio vacío.
Sigue a los zapatos que casi llegan

Ravi echó a correr por el puente de cristal. Los zapatos iban dejando un camino brillante en la oscuridad de la tormenta, mientras el paraguas lanzaba la lluvia hacia arriba para mantener seco el mecanismo. A un paso del faro, las huellas se acabaron, justo como esperaban. Ada sonrió. Su primer fallo se había convertido en una medida exacta.
Polillas alrededor del engranaje perdido

Ada abrió el cajón de las polillas. Doce alas azules cruzaron el hueco y se pusieron a dar vueltas alrededor de un agujerito vacío dentro del faro: ¡ahí faltaba un engranaje! El de repuesto estaba detrás de una trampilla atascada. Ada habló con voz suave y cariñosa. La taza echó a andar derechita hacia el tono más cálido… y, ¡toc!, chocó con el pestillo escondido.
La escalera completó el hueco

El engranaje estaba al otro lado del último tramo sin suelo. Oona fue moviendo la escalera de nogal hasta que el peldaño que le faltaba quedó encima del puente, donde no estorbaba. Los demás peldaños formaron un camino sobre el hueco. Ada cruzó, encajó el engranaje y Ravi giró la rueda del faro. ¡La luz barrió todo el puerto!
La exposición vacía

De vuelta en el museo, el reloj de las ideas brillaba: ya había pasado la una. Oona los llevó a la última sala. En la Exposición Cero no había ninguna máquina, solo un pedestal ancho y vacío, rodeado de virutas de lápiz, tornillos y sitio para muchas manos. —Esta exposición espera lo que las ideas sin terminar decidan ser juntas.
Pon a prueba tu asombro
Palabras nuevas
De dónde salió esta historia
Esta aventura de inventos salió directamente de la imaginación, y celebra algo que los inventores hacen de verdad: probar, aprender, combinar y volver a intentarlo.
Fin
Las puertas del museo vuelven a estar escondidas, pero en la Exposición Cero todavía queda sitio. Si tu próxima idea salpica para donde no toca o se olvida de su último paso, mírala bien: a lo mejor te está enseñando qué otra idea necesita conocer.