Kavi y la canción de la luna
Un viaje secretito al mercado donde brillan los deseos. Si pudieras cambiar algo muy valioso en el Mercado de la Luna, ¿qué le traerías a alguien que quieres mucho?
21 pages · Ages 6-7 · ES
Kavi y la canción de la luna

Kavi y la canción de la luna
Para cada niño y cada niña que guarda un secretito a la luz de la luna.
Lo que hay adentro
El silbido en el jardín Por los rieles de estrellas La canción antes del amanecer
Solo Kavi lo oye

La luna redonda brillaba sobre el jardín de Kavi, como una lámpara. De algún lugar detrás de los rosales llegó un silbido suave, plateado. Kavi se quedó quietito junto a la ventana de su cuarto. Abajo, las sillas rechinaban. Las cucharitas tintineaban. Los grandes se daban las buenas noches. Nadie más levantó la vista. Entonces el silbido se coló otra vez entre las cortinas llenas de luna —¡uuu-uuu!— y Kavi supo que lo estaba llamando a él.
La canción perdida de la Abuela

Kavi bajó rapidito en sus pantuflas. La Abuela estaba en el fregadero, lavando la última tacita. Tarareaba su vieja canción de la luna, bajito y dulce. De pronto, la canción se topó con el silencio. —Ay, caramba —dijo la Abuela despacito—. Me acuerdo del principio, Kavi. Pero lo que sigue se me fue a pasear. Kavi miró el agua tibia dar vueltas y vueltas hasta desaparecer. La sonrisa de la Abuela se veía un poquito solita. Afuera, el silbido plateado llamó una vez más.
La canica en su bolsillo

De vuelta en su cuarto, Kavi abrió su lata de canicas. Ahí estaba: su canica verde y transparente. Había ganado todos los juegos del jardín ese verano. Kavi la hizo rodar en la palma de su mano. La luz de la luna brillaba adentro, como en una lagunita. —No sé adónde va ese silbido —susurró—. Pero quiero recuperar la canción de la Abuela. Guardó la canica bien guardadita en su bolsillo. Le temblaban las rodillas. Pero su corazón estaba listo.
Rieles que se hacen solos

Kavi salió al jardín sin hacer ruido. Al fondo, entre el pasto alto, parpadeaba una luz azul. Ahí esperaba una locomotora negra de nariz redonda, soltando nubecitas. Detrás brillaban vagones azul profundo. Sus ventanas relucían como faroles. Y frente a los ojos de Kavi, unos rieles brillantes se fueron cosiendo sobre el suelo. Apareció un pedacito de luz, luego otro, y otro más, hasta llegar a las colinas. El tren dio un pitido alegre: ¡tuuu! Kavi dio un pasito más cerca.
¡Clic!, hace la perforadora

La puerta del vagón se abrió con un amable ¡fuuush! Adentro, el conductor se agachó hacia Kavi. Era una polilla de la luna, muy alta, con alas color crema dobladas detrás de una gorra azul marino. En una mano llevaba una perforadora de boletos plateada. —Bienvenido a bordo —dijo el conductor. ¡Clic!, hizo la perforadora. Un conejito gris con bufanda roja se asomó por encima de un asiento de terciopelo. Kavi se subió, apretando su bolsillo. —¿Y qué vienes a intercambiar —preguntó el conductor— al Mercado de la Luna? Kavi miró su canica verde.
Shhh-tk, shhh-tk

El Tren de la Luna subió por encima de los cerros dormidos. Shhh-tk, shhh-tk, cantaban sus rieles brillantes. Kavi apretaba la canica verde en su bolsillo. Allá abajo, su casa se volvió un cuadrito chiquito y tibio. Le temblaba la pancita. Tenía los ojos enormes. El miedo y el asombro iban tomados de la mano dentro de él. —La canción de la Abuela —susurró Kavi—. Ya voy por ella.
Los pasajeros del Vagón del Silencio

En el Vagón del Silencio, nadie hablaba fuerte. Un conejito gris abrazaba un frasco lleno de risitas calladas. Un niño de nube guardaba en sus manos una esperanza chiquita, que brillaba como luciérnaga. Debajo del asiento, una sombra con forma de zorro escondía su colita rota. —¿Qué llevas ahí? —preguntó Kavi. —Algo que hay que encontrar —dijo el conejo. Kavi apretó su canica. Él sabía muy bien lo que eso quería decir.
La luna se acerca

Al principio, la luna era una monedita en la ventana. Luego se hizo más grande que el mejor plato de sopa de la Abuela. Más grande que todo el jardín. Un polvo pálido cubría sus cerros. Tenía la cara llena de hoyitos redondos. —Esos hoyitos se llaman cráteres —dijo el conductor—. Hace mucho tiempo, unas rocas del espacio chocaron contra la luna. Kavi pegó las dos manos al vidrio. Detrás del tren brillaba la Tierra, azul y verde, tan chiquita que cabía en un cuento para dormir.
Faroles en media luna

Con un soplido suave, el Tren de la Luna se detuvo. Kavi pisó un suelo pálido, fino como talco. Sus pantuflas dejaban huellitas detrás. Enfrente se curvaba el Mercado de la Luna, brillante como un pastel de cumpleaños a medianoche. Los puestos con faroles brillaban en forma de media luna. Los comerciantes cuchicheaban sobre ecos en frasco, sueños doblados y plumas que se acordaban de volar. Kavi quería verlo todo al mismo tiempo. Y entonces se acordó de por qué había venido.
Cosas que el dinero no puede comprar

Kavi pasó junto a un puesto de sombras plateadas. ¡Bailaban sin tener pies! Vio sueños como bufandas que se enroscaban en cabecitas dormilonas. Vio una cucharada de lluvia de verano y una campanita que solo sonaba para quien se sentía solito. Por un momento, lo quiso todo. Pero su mano siguió bien cerradita sobre la canica. «Yo vengo por la canción de la Abuela», se dijo. Más allá de los puestos brillantes, una melodía lejana dio un zumbidito, como esperándolo.
El puesto de las canciones perdidas

En el rincón más callado del mercado, Kavi encontró un puesto hecho de conchas de luna. Debajo del toldo se mecían conchas de nácar. En cada una dormía una canción. Un vendedor de la luna, muy amable, se acercó una concha al oído. —A mi Abuela se le perdió su canción —dijo Kavi—. ¿Estará aquí? Su canica verde se sentía brillante y pesada en el bolsillo.
Lo valiente es para dar

El vendedor abrió la concha brillante. De adentro salió la canción de la Abuela, calientita como pan tostado y suave como una cobija. Kavi la reconoció enseguida. Le dio vueltas alrededor de las orejas y luego se acurrucó, bien guardadita, en su corazón. Kavi puso la canica en la mano del vendedor. Ay, cómo iba a extrañar su brillo verde y lisito. Pero la canción de la Abuela valía más. —Gracias —susurró Kavi, con una sonrisa temblorosa. El vendedor hizo una reverencia. —Llévala a casa antes de que salga el sol.
¡Más rápido que el amanecer!

El Tren de la Luna pitó contento: ¡tuuu-tuuu! Kavi subió de un brinco justo cuando una rayita rosa tocaba la orilla de la Tierra. —¡Agárrense fuerte! —gritó el conductor polilla. Las ruedas de bronce relampaguearon. El tren bajó deprisa por sus rieles de estrellas, entre nubes dormilonas y estrellas que parpadeaban. Detrás del último vagón azul, los rieles brillantes se borraban como tiza bajo la lluvia. Kavi abrazaba la canción. Tarareó un pedacito. El conejo de la bufanda roja tarareó con él. Pronto, muy pronto, la Abuela la iba a oír.
La canción del desayuno

La mañana llenó la cocina de la Abuela con una luz dorada, como de miel. Ella estaba junto a la estufa, volteando panqueques redonditos. Entonces la Abuela empezó a tararear. Una nota. Luego otra. Y después llegó la parte perdida, clarita y dulce. A Kavi casi se le cae el pan tostado. —¡Abuela! —dijo con una sonrisota—. ¡Es tu canción de la luna! Los lentes color ámbar de la Abuela brillaron. —¡Ay, pues sí! ¡Es mi canción! —Y la cantó enterita, mientras los panqueques se inflaban y se doraban. Kavi tarareó a su lado. Ya no tenía su canica, pero su secreto brillaba más calientito que cualquier tesoro.
¿Qué tanto recuerdas?
Palabras nuevas
De dónde salió
Esta historia salió directito de la imaginación, hecha especialmente para ti.
Fin
Adiós, Kavi. Adiós, Abuela. Y adiós, brillante Tren de la Luna. Que la canción de la luna de la Abuela siga brillando en la cocina. ¿Y tú? ¿Qué viaje valiente y lleno de cariño harás después?