Meera pinta la lluvia

Un cuento de pueblo sobre colores, esperas y un cielo que se acuerda de su canción. ¿Qué pintarías tú si el cielo se olvidara de su canción?

18 pages · Ages 6-7 · ES

Meera pinta la lluvia

Ilustración de la portada de Meera pinta la lluvia

Meera pinta la lluvia

Para cada niña y cada niño que alguna vez fabricó esperanza con sus propias manos.

El cielo contiene el aliento

Meera cruza una plaza seca del pueblo y mira un cielo enorme y pálido.

Hacía muchos días de calor. El cielo estaba pálido y vacío. Meera cruzó despacito la plaza del pueblo. El polvo se levantaba alrededor de sus sandalias. Los campos parecían tener sed, con sus grietitas como las rayas de una vieja taza de barro. Nadie decía: «¿Dónde está la lluvia?». Pero todos miraban hacia arriba. Hasta el viento parecía estar esperando.

La soga del pozo

Ajji saca con cuidado un balde pequeño de agua de un pozo de piedra mientras Meera mira.

En el pozo, Ajji bajó el balde con las dos manos. Y el balde bajó, bajó… pasó el borde de piedra fresca, pasó las sombras con musgo, hasta lo más oscuro y hondo. La soga dio un tironcito. Ajji subió el balde, con cuidado y despacio. —Hay agua —dijo—. Pero poquita. Meera miró los campos polvorientos detrás de Ajji. Ojalá el balde pudiera subir una nube de lluvia entera.

Hoy no hay baile

Meera mira a un pavo real con la cola larga cerrada sobre la rama de un tamarindo.

Junto al tamarindo, el pavo real del pueblo estaba en una rama fuerte. Su cuello brillaba azul al sol. Pero su cola larga colgaba cerrada, verde bronce y quieta. —¿No bailas? —preguntó Meera. El pavo real la miró parpadeando. Una hoja seca pasó girando junto a su sandalia. Desde el camino no llegaban chapoteos, ni lluvia tamborileando, ni gritos de alegría. Meera apretó los labios. Todo el pueblo escuchaba esperando la misma primera gota.

Un poquito de azul

Meera sostiene un tarrito de pintura azul brillante junto a una pared blanca del patio.

En el patio de Ajji, Meera buscó debajo del estante viejo. Sus dedos encontraron un tarrito de pintura desportillado. Dentro había un poquito de azul brillante, azul como el cuello del pavo real, mucho más azul que el cielo. Meera lo acercó a la pared vacía. La pared estaba tibia por el sol. Se veía enorme, como una página esperando un cuento. —Si la lluvia todavía no viene —susurró—, a lo mejor puedo pintarla. Y salió corriendo a buscar un pincel.

Nubes como elefantes

Meera, en puntas de pie, pinta enormes nubes gris azuladas en la pared del patio mientras Ajji la mira.

La pintura azul esperaba en su tarrito desportillado. Meera mojó el pincel y estiró el brazo bien alto. Por toda la pared del patio de Ajji pasó grandes nubes gris azuladas. Se amontonaban como elefantes lentos y simpáticos, marchando sobre los tejados. Una nubecita dorada de polvo se enroscó en sus sandalias. Pero arriba, la pared estaba cambiando. Ya se veía más fresca. —Hagamos sitio para la lluvia —susurró Meera, y pintó una nube más, enorme.

Rayitas de plata, pin pan

Meera pinta lluvia plateada y paraguas de colores mientras Kiran se asoma a mirar.

Después, Meera hizo la lluvia. Su pincel sacó rayas plateadas del azul mojado. Rayita, rayita, rayita… corrían por el cielo pintado. Debajo escondió paraguas de colores: rojo, amarillo y verde hoja. Abajo de todo pintó un riíto. Tres barquitos de papel se mecían allí, con la punta mirando hacia casa. Kiran se acercó mucho. —Casi la puedo oír. —Pin pan —dijo Meera. Golpeó el pincel contra el tarro—. Así.

Colores de todas las puertas

Los vecinos llevan cuencos de pintura a Meera, Kiran, Ajji y la señora Lata junto al mural.

Kiran volvió con un cuenco de pintura verde. —Para las hojas de las palmeras —dijo. Luego llegó la señora Lata con añil, un azul profundo como el cielo de la tarde. Llevaba el cuenco con mucho cuidado, con los dedos manchados de pintura. Ajji trajo blanco para las salpicaduras de lluvia. Los vecinos fueron saliendo de sus casas con rosa, marrón y restitos de colores brillantes. Enseguida, el muro del patio ya no era solo el deseo de Meera. Era el deseo de todos, pasando de mano en mano en cuencos pequeños y brillantes. —¡Aquí, más río! —gritó Meera. Y cada puerta parecía responderle.

Una calle de lluvia

Meera y Kiran junto a un largo mural de lluvia mientras un viento fresco recorre la calle del pueblo.

Por la tarde, la lluvia ya se salía del patio de Ajji. Corría en ríos pintados por la pared de la tienda. Doblaba las palmeras pintadas. Llenaba charcos pintados, donde los niños saltaban con cuidado de no salpicar el polvo de verdad. Kiran saltó igualmente sobre un charco azul. —¡Mis pies siguen secos! —Es que es una lluvia muy bien educada —dijo Meera. Hasta el pavo real se acercó, con la larga cola todavía recogida. Entonces un viento fresquito bajó por la calle. Le movió la trenza a Meera y levantó la punta de un barquito pintado. Todos miraron hacia arriba.

El cielo se asoma

Meera, bajo unas nubes oscuras y bajas, mira hacia arriba junto a su muro pintado.

El viento fresco empujaba el muro pintado de Meera. Sobre los tejados se habían juntado nubes de verdad. Oscuras y pesadas, como mantas gris azuladas apiladas muy alto. Meera echó la cabeza hacia atrás. La trenza le hizo cosquillas en el cuello. —Ajji —susurró—, el cielo nos está mirando.

Una gota gordita

Una gota salpica el mural azul de Meera mientras otra le cae en la nariz.

Y entonces... ¡plop! Una gota gordita cayó sobre una nube azul pintada. Estalló en una corona diminuta de agua. Una segunda gota le tocó la nariz a Meera. Parpadeó. Su sonrisa se hizo más grande que el charquito que empezaba junto a sus sandalias. —Ha venido —dijo. Por toda la calle, la gente sacaba las manos. Esperaban el siguiente toquecito suave.

Baja la canción

Meera y Kiran celebran mientras la lluvia fuerte llena de charcos la calle del pueblo.

Tap, tap, tap... y de pronto, mil pies tamborileando. La lluvia se derramó del cielo. Repicaba en los techos de chapa y chorreaba por los aleros de teja. Los surcos secos se llenaron de agua brillante. Meera levantó los brazos y se echó a reír. Kiran chapoteaba a su lado, dibujando estrellas de barro. El nim sediento sacudió sus hojas. La calle olía a tierra mojada. De cada puerta salían gritos de alegría, cuencos y pies descalzos bailando. El monzón, por fin, los había encontrado.

El mural también baila

Meera baila con Ajji bajo la lluvia mientras el pavo real abre la cola junto al muro pintado.

El agua resbalaba por el muro en hilitos brillantes y juguetones. La lluvia pintada se fue borrando un poquito. El azul y el verde se mezclaron como cintas en un río veloz. Meera abrió la boca... y sonrió. —¡Está bailando! A su espalda, el pavo real abrió su larga cola como un abanico reluciente. Los vecinos aplaudían y giraban bajo la lluvia. Meera sacó a Ajji a la calle. Bajo el cielo verde plateado, todos bailaron alrededor del mural que habían hecho juntos. Y la lluvia seguía cantando allá arriba.

Comprueba lo que te asombró

Palabras nuevas

Dónde buscamos

Este cuento salió directito de la imaginación, hecho solo para ti.

Fin

¡Adiós, Meera! ¡Adiós, Ajji y todos los vecinos que bailaron bajo la lluvia! Imagina qué pintará Meera la próxima vez que vuelva a salir el sol. A lo mejor todo el pueblo le trae un color.

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