Tito el dinosaurio y el viaje a las estrellas
Tito el dinosaurio y el viaje a las estrellas
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Published 2026-05-15T17:00:48.594529

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Story
Tito tenía una cola muy larga, unas patitas muy cortas y una gran pregunta dentro del pecho. Cada noche miraba el cielo desde el jardín y decía: "¿Qué habrá allá arriba, tan brillante y tan lejos?" Su amiga Lula la tortuga y su amigo Pepo el lagarto siempre lo escuchaban. Un día, los tres encontraron una nave redonda y amarilla justo detrás del árbol de mangos. Olía a galletas y tenía tres sillitas con cinturón. Era como si los estuviera esperando.
Subieron despacito, abrocharon sus cinturones y ¡fuuuush! La nave salió disparada entre nubes blancas y cielo azul. Primero llegaron a la Luna. Era gris, polvorienta y muy silenciosa. Pepo dejó su huella en el suelo lunar y dijo: "¡Mira, Tito, aquí nadie había pisado con patitas de lagarto!" Luego volaron más lejos, pasando estrellas que brillaban como lucecitas de cumpleaños, hasta llegar a una estrella lejana, rojita y calentita. Ahí, entre unas piedras enormes color naranja, vieron algo que los dejó con la boca abierta. Era un reptil gigantísimo, más grande que Tito, pero con alas suaves como sábanas, orejas redondas como botones y una sonrisa muy tranquila. No era un dinosaurio. No era un lagarto. Era algo completamente nuevo. Se llamaba Ru.
Ru no asustaba para nada. Al contrario, estaba sentado solito mirando su propia estrella apagarse poquito a poco, con cara de querer compañía. Tito lo miró, miró a Lula, miró a Pepo, y los tres pensaron lo mismo sin decirse nada. "¿Quieres venir con nosotros?", preguntó Tito. Ru abrió sus alas suaves, asintió con la cabeza y se acomodó en la nave, que de pronto tenía una sillita más, también con cinturón.
Cuando aterrizaron en el jardín de Tito, detrás del árbol de mangos, Ru vio el pasto verde, olió las flores amarillas y soltó un suspiro larguísimo y feliz. Entonces pasó algo sorprendente: cada vez que Ru suspiraba, caían pequeñas estrellas de colores desde sus alas y se quedaban flotando en el jardín como lucecitas. Todo el vecindario salió a mirar. Lula aplaudió con sus aletas, Pepo dio tres saltitos y Tito se quedó quieto, con esa gran pregunta dentro del pecho, pero ahora convertida en algo más calientito. Esa noche, los cuatro amigos se durmieron bajo el árbol de mangos, rodeados de estrellitas de colores, mientras Tito miraba el cielo y pensaba: "Qué bueno que pregunté."
Scenes
La gran pregunta de Tito

Tito tenía una cola muy larga, unas patitas muy cortas y una pregunta muy grande dentro del pecho. Cada noche, mirando el cielo desde el jardín, susurraba: "¿Qué habrá allá arriba, tan brillante y tan lejos?". Lula y Pepo, sentaditos a su lado, lo escuchaban como siempre.
La nave detrás del árbol de mangos

Detrás del árbol de mangos encontraron una nave redonda y amarilla. Olía riquísimo, como a galletas recién hechas, y tenía tres sillitas con cinturón. Era como si los estuviera esperando, calladita, solo para ellos tres.
Huellitas en la Luna

¡Fuuuush! Subieron, se abrocharon sus cinturones y la nave salió disparada. Llegaron a la Luna, gris y polvorienta, y todo estaba silencioso. Pepo dejó su huella en el suelo lunar y dijo: "¡Mira, Tito, aquí nadie había pisado con patitas de lagarto!".
El amigo de la estrella lejana

Volaron más lejos, entre estrellas que brillaban como lucecitas de cumpleaños, hasta una estrella rojita y calentita. Allí, entre piedras enormes color naranja, vieron a Ru: un reptil gigantísimo con alas suaves como sábanas, orejas redondas como botones y una sonrisa muy tranquila. No era un dinosaurio. No era un lagarto. Era algo completamente nuevo.
¿Quieres venir con nosotros?

"¿Quieres venir con nosotros?", preguntó Tito bajito. Ru abrió sus alas suaves, asintió con su cabeza grande y se acomodó en la nave, que de pronto tenía una sillita más, también con su cinturón. Y juntos volvieron volando a casa.
Estrellitas en el jardín

Aterrizaron detrás del árbol de mangos. Ru olió las flores amarillas y soltó un suspiro larguísimo y feliz: de sus alas cayeron estrellitas de colores que se quedaron flotando en el jardín. Los cuatro amigos se durmieron juntos bajo el mango, y Tito pensó: "Qué bueno que pregunté".