Una carta para el Ratoncito Pérez
Un cuento del Ratoncito Pérez para niños de 6 y 7 años: a Inés se le pierde su primer diente en el arenero y le escribe una carta muy sincera.
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Published 2026-10-07T07:26:50.080372

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Story
Hacía una semana que el diente de Inés bailaba. Se movía para adelante, para atrás, para adelante… El sábado, en el parque, Inés le dio una mordida grande a su manzana y… ¡clic! Ahí estaba, en la palma de su mano: un diente chiquito y blanco como una perlita. —¡Papá! ¡Se me cayó mi primer diente!
Inés corrió al arenero para enseñárselo a sus amigos. —¡Miren! ¡Miren mi diente! Pero al abrir la mano, el diente dio un saltito… y, ¡plip!, cayó en la arena.
Todos se pusieron a buscar. Papá encontró una piedrita blanca. Lucas encontró una conchita de mar. Sara encontró una cuenta de collar. Pero el diente, no. La arena estaba llena de cositas blancas, y ninguna era el diente de Inés. —Ahora el Ratoncito Pérez no va a venir —dijo Inés, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Ya no tengo diente!
De regreso a casa, papá le tomó la mano. —¿Sabes una cosa? El Ratoncito Pérez lee las cartas de los niños. ¿Y si le escribes y le cuentas lo que pasó? —¿Y si no me cree? —Cuéntale la verdad —dijo papá—. Y enséñale tu hueco.
En la mesa de la cocina, Inés escribió con su mejor letra, grande y un poco torcida: “Querido Ratoncito Pérez: hoy se me cayó mi primer diente en el arenero del parque. Lo buscamos mucho, pero no lo encontramos. Te dibujo mi sonrisa para que veas el hueco. Con cariño, Inés.” Abajo dibujó su sonrisa, con el huequito justo en medio. Luego dobló la carta chiquita, chiquita.
A la hora de dormir, Inés puso la carta debajo de su almohada. —Esta noche no me duermo —le dijo a papá—. Quiero ver al Ratoncito Pérez. Papá le dio un beso y apagó la luz. Inés se quedó con los ojos bien abiertos, mirando la lucecita de luna de su lámpara de noche.
Tic, tac. ¿Será él? No: era el reloj. Tac, tac, tac. ¿Será él? No: era la cola de Fideo, que daba contra la puerta. Fiuuu. ¿Será él? No: era el viento, que movía la cortina.
Inés bostezó. —Voy a cerrar un ojo, nada más… —murmuró. Y cerró un ojo. Y después, el otro. Y se quedó dormida, sonriendo con su huequito.
Por la mañana, Inés metió la mano debajo de la almohada. ¡La carta ya no estaba! En su lugar había una moneda brillante y un sobre diminuto, del tamaño de una uña. Al abrirlo, cayeron unos granitos de arena. Papá le leyó la cartita, que tenía una letra chiquitísima: “Querida Inés: gracias por decirme la verdad. Los ratones somos muy buenos para buscar en la arena. Tu diente ya está conmigo. Con cariño, el Ratoncito Pérez.” Esa noche, Inés guardó la cartita en su caja de tesoros… y se durmió enseguida. Ya no tenía nada que vigilar.
Scenes
El diente bailarín

Hacía una semana que el diente de Inés bailaba. Se movía para adelante, para atrás, para adelante… El sábado, en el parque, Inés le dio una mordida grande a su manzana y… ¡clic! Ahí estaba, en la palma de su mano: un diente chiquito y blanco como una perlita. —¡Papá! ¡Se me cayó mi primer diente!
¡Plip!

Inés corrió al arenero para enseñárselo a sus amigos. —¡Miren! ¡Miren mi diente! Pero al abrir la mano, el diente dio un saltito… y, ¡plip!, cayó en la arena.
Buscando en la arena

Todos se pusieron a buscar. Papá encontró una piedrita blanca. Lucas encontró una conchita de mar. Sara encontró una cuenta de collar. Pero el diente, no. La arena estaba llena de cositas blancas, y ninguna era el diente de Inés. —Ahora el Ratoncito Pérez no va a venir —dijo Inés, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Ya no tengo diente!
Una idea

De regreso a casa, papá le tomó la mano. —¿Sabes una cosa? El Ratoncito Pérez lee las cartas de los niños. ¿Y si le escribes y le cuentas lo que pasó? —¿Y si no me cree? —Cuéntale la verdad —dijo papá—. Y enséñale tu hueco.
La carta

En la mesa de la cocina, Inés escribió con su mejor letra, grande y un poco torcida: “Querido Ratoncito Pérez: hoy se me cayó mi primer diente en el arenero del parque. Lo buscamos mucho, pero no lo encontramos. Te dibujo mi sonrisa para que veas el hueco. Con cariño, Inés.” Abajo dibujó su sonrisa, con el huequito justo en medio. Luego dobló la carta chiquita, chiquita.
Bien despierta

A la hora de dormir, Inés puso la carta debajo de su almohada. —Esta noche no me duermo —le dijo a papá—. Quiero ver al Ratoncito Pérez. Papá le dio un beso y apagó la luz. Inés se quedó con los ojos bien abiertos, mirando la lucecita de luna de su lámpara de noche.
¿Será él?

Tic, tac. ¿Será él? No: era el reloj. Tac, tac, tac. ¿Será él? No: era la cola de Fideo, que daba contra la puerta. Fiuuu. ¿Será él? No: era el viento, que movía la cortina.
Un ojo, nada más

Inés bostezó. —Voy a cerrar un ojo, nada más… —murmuró. Y cerró un ojo. Y después, el otro. Y se quedó dormida, sonriendo con su huequito.
La respuesta

Por la mañana, Inés metió la mano debajo de la almohada. ¡La carta ya no estaba! En su lugar había una moneda brillante y un sobre diminuto, del tamaño de una uña. Al abrirlo, cayeron unos granitos de arena. Papá le leyó la cartita, que tenía una letra chiquitísima: “Querida Inés: gracias por decirme la verdad. Los ratones somos muy buenos para buscar en la arena. Tu diente ya está conmigo. Con cariño, el Ratoncito Pérez.” Esa noche, Inés guardó la cartita en su caja de tesoros… y se durmió enseguida. Ya no tenía nada que vigilar.
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Lee despacio, pausa en cada imagen y baja la voz en el último párrafo.