Juana y el jacarandá

Cuento corto para dormir, para niños de 3 y 4 años: en primavera, en Buenos Aires, Juana junta las flores que caen del jacarandá… y descubre por qué se caen.

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Published 2026-10-14T09:16:17.207282

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Story

Era primavera en Buenos Aires. Juana volvía del jardín de la mano de su mamá. En la vereda de su casa, el jacarandá estaba todo violeta. De pronto, una florcita cayó dando vueltas, despacito, y aterrizó justo en la mano de Juana. —¡Mirá, mamá! —dijo Juana—. ¡Parece una campanita! Y el árbol dejó caer otra flor, y otra, y otra más.

Juana miró para abajo. La vereda estaba llena de flores violetas. —Mamá, ¡el jacarandá se está quedando sin flores! ¿Se va a quedar pelado? Juana se agachó y empezó a juntar flores: una, dos, cinco, diez… Se llenó las manos. Se llenó los bolsillos. —Las voy a cuidar yo —dijo, muy seria.

En casa, Juana puso sus flores en un vasito con agua, al lado de la ventana de su cuarto. Mamá se sentó con ella. —¿Sabés qué? Al jacarandá no le duele que se le caigan las flores —le dijo—. Ya florecieron, y ahora se caen solitas. Después le van a salir hojitas verdes y semillas. Y la primavera que viene, flores nuevas otra vez. Juana miró el árbol por la ventana. —¿Todas las primaveras? —Todas las primaveras.

A la noche, después del baño, Juana se puso el piyama y se asomó otra vez. Abajo, la luz del farol iluminaba el árbol. Las flores seguían cayendo, sin hacer ruido, y la vereda se había puesto toda violeta. —¿Viste? —dijo mamá bajito—. El jacarandá está tapando la vereda con una frazada. Juana se rio. —Una frazada violeta, para que la vereda duerma calentita.

Juana sacó una sola florcita del vasito y la puso al lado de su almohada. —Esta es para mí —dijo—. Las otras, mañana se las llevo al árbol. Mamá la tapó con su frazada, que no era violeta pero era igual de suave. —Chau, jacarandá. Hasta mañana —susurró Juana. Afuera, el árbol seguía tapando la vereda, flor por flor. Y adentro, Juana se quedó dormida.

Scenes

Una lluvia violeta

Era primavera en Buenos Aires. Juana volvía del jardín de la mano de su mamá. En la vereda de su casa, el jacarandá estaba todo violeta. De pronto, una florcita cayó dando vueltas,

Era primavera en Buenos Aires. Juana volvía del jardín de la mano de su mamá. En la vereda de su casa, el jacarandá estaba todo violeta. De pronto, una florcita cayó dando vueltas, despacito, y aterrizó justo en la mano de Juana. —¡Mirá, mamá! —dijo Juana—. ¡Parece una campanita! Y el árbol dejó caer otra flor, y otra, y otra más.

¡Se queda sin flores!

Juana miró para abajo. La vereda estaba llena de flores violetas. —Mamá, ¡el jacarandá se está quedando sin flores! ¿Se va a quedar pelado? Juana se agachó y empezó a juntar flores

Juana miró para abajo. La vereda estaba llena de flores violetas. —Mamá, ¡el jacarandá se está quedando sin flores! ¿Se va a quedar pelado? Juana se agachó y empezó a juntar flores: una, dos, cinco, diez… Se llenó las manos. Se llenó los bolsillos. —Las voy a cuidar yo —dijo, muy seria.

Un vasito en la ventana

En casa, Juana puso sus flores en un vasito con agua, al lado de la ventana de su cuarto. Mamá se sentó con ella. —¿Sabés qué? Al jacarandá no le duele que se le caigan las flores

En casa, Juana puso sus flores en un vasito con agua, al lado de la ventana de su cuarto. Mamá se sentó con ella. —¿Sabés qué? Al jacarandá no le duele que se le caigan las flores —le dijo—. Ya florecieron, y ahora se caen solitas. Después le van a salir hojitas verdes y semillas. Y la primavera que viene, flores nuevas otra vez. Juana miró el árbol por la ventana. —¿Todas las primaveras? —Todas las primaveras.

Una frazada violeta

A la noche, después del baño, Juana se puso el piyama y se asomó otra vez. Abajo, la luz del farol iluminaba el árbol. Las flores seguían cayendo, sin hacer ruido, y la vereda se h

A la noche, después del baño, Juana se puso el piyama y se asomó otra vez. Abajo, la luz del farol iluminaba el árbol. Las flores seguían cayendo, sin hacer ruido, y la vereda se había puesto toda violeta. —¿Viste? —dijo mamá bajito—. El jacarandá está tapando la vereda con una frazada. Juana se rio. —Una frazada violeta, para que la vereda duerma calentita.

Hasta mañana, jacarandá

Juana sacó una sola florcita del vasito y la puso al lado de su almohada. —Esta es para mí —dijo—. Las otras, mañana se las llevo al árbol. Mamá la tapó con su frazada, que no era

Juana sacó una sola florcita del vasito y la puso al lado de su almohada. —Esta es para mí —dijo—. Las otras, mañana se las llevo al árbol. Mamá la tapó con su frazada, que no era violeta pero era igual de suave. —Chau, jacarandá. Hasta mañana —susurró Juana. Afuera, el árbol seguía tapando la vereda, flor por flor. Y adentro, Juana se quedó dormida.

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Lee despacio, pausa en cada imagen y baja la voz en el último párrafo.