Valeria y el perezoso
Cuento corto para dormir, para niños de 3 y 4 años: en Costa Rica, Valeria mira a un perezoso subir al guarumo, despacio, despacito… y se va a la cama igual.
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Published 2026-10-14T09:31:26.026184

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Story
Una mañana, en una casita al lado del bosque, en Costa Rica, Valeria vio algo abajo del guarumo. Era peludo, era café… ¡y parecía que sonreía! —Vea, mi amor —dijo mamá—. Es un perezoso. A los perezosos los miramos de lejitos, sin tocarlos. El perezoso estiró un brazo, despacio, despacito, y se agarró del árbol.
Al mediodía, después del almuerzo, Valeria salió al corredor. ¡El perezoso apenas iba por la primera rama! —¡Qué despacio! —se rio Valeria. Ella también levantó un brazo, despacio, despacito, como el perezoso. Y después el otro. —Usted se mueve igualito a él —dijo mamá, riéndose.
En la tarde, como casi todas las tardes, llovió. El perezoso ni se apuró. Siguió subiendo bajo la lluvia, despacio, despacito, y de vez en cuando se comía una hoja del guarumo. —¿No le da frío? —preguntó Valeria. —Su pelo es gruesito y el agua le resbala —dijo mamá—. Y fíjese: en su pelo crecen plantitas tan chiquititas que lo ponen un poquito verde. Valeria miró bien. ¡Era cierto!
Cuando empezó a oscurecer, el perezoso llegó por fin hasta arriba. Se acomodó entre dos ramas, metió la cabeza en el pecho y se hizo una bolita. —Se va a dormir —susurró Valeria. —Y usted también, mi amor. Entonces Valeria se lavó los dientes despacio, despacito. Se puso la pijama despacio, despacito. Y se metió en la cama despacio, despacito, como el perezoso.
Por la ventana se veía el guarumo, oscuro, con una bolita peluda allá arriba. Afuera cantaban las ranitas y los grillos. Valeria respiró hondo, despacio, despacito… —Buenas noches, perezoso —susurró. Y se quedó dormida, tan tranquila como él.
Scenes
Alguien en el guarumo

Una mañana, en una casita al lado del bosque, en Costa Rica, Valeria vio algo abajo del guarumo. Era peludo, era café… ¡y parecía que sonreía! —Vea, mi amor —dijo mamá—. Es un perezoso. A los perezosos los miramos de lejitos, sin tocarlos. El perezoso estiró un brazo, despacio, despacito, y se agarró del árbol.
Una rama en toda la mañana

Al mediodía, después del almuerzo, Valeria salió al corredor. ¡El perezoso apenas iba por la primera rama! —¡Qué despacio! —se rio Valeria. Ella también levantó un brazo, despacio, despacito, como el perezoso. Y después el otro. —Usted se mueve igualito a él —dijo mamá, riéndose.
Llueve en la tarde

En la tarde, como casi todas las tardes, llovió. El perezoso ni se apuró. Siguió subiendo bajo la lluvia, despacio, despacito, y de vez en cuando se comía una hoja del guarumo. —¿No le da frío? —preguntó Valeria. —Su pelo es gruesito y el agua le resbala —dijo mamá—. Y fíjese: en su pelo crecen plantitas tan chiquititas que lo ponen un poquito verde. Valeria miró bien. ¡Era cierto!
Hecho una bolita

Cuando empezó a oscurecer, el perezoso llegó por fin hasta arriba. Se acomodó entre dos ramas, metió la cabeza en el pecho y se hizo una bolita. —Se va a dormir —susurró Valeria. —Y usted también, mi amor. Entonces Valeria se lavó los dientes despacio, despacito. Se puso la pijama despacio, despacito. Y se metió en la cama despacio, despacito, como el perezoso.
Buenas noches, perezoso

Por la ventana se veía el guarumo, oscuro, con una bolita peluda allá arriba. Afuera cantaban las ranitas y los grillos. Valeria respiró hondo, despacio, despacito… —Buenas noches, perezoso —susurró. Y se quedó dormida, tan tranquila como él.
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Lee despacio, pausa en cada imagen y baja la voz en el último párrafo.