La casita del hornero
Cuento corto para niños de 3 y 4 años: en el campo argentino, Juana y su nono miran, día tras día, cómo dos horneros construyen su casita de barro.
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Published 2026-10-11T07:31:36.202165

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Story
Después de la lluvia, el campo quedó lleno de charcos. Juana se sentó en la galería con su nono. —Mirá, Juana —dijo el nono—. Llegaron los horneros. Dos pajaritos color canela iban y venían del charco, con barro en el pico.
Los horneros dejaban el barro arriba de un poste, bolita por bolita, y lo mezclaban con pajitas. Al final del día había un platito redondo de barro. —¿Qué están haciendo, nono? —Su casa —dijo el nono—. Ya vas a ver.
Día tras día, el platito fue creciendo. Primero, una pared bajita. Después, una pared más alta, redonda como un tazón. Los horneros trabajaban juntos y cantaban fuerte, como si se contaran chistes. —Los miramos de lejos —le recordó el nono—, para no asustarlos.
Unos días después, las paredes se juntaron arriba y la casita quedó cerrada, gordita y redonda. —¡Parece el horno de barro de la abuela! —dijo Juana. El nono se rió. —Por eso se llaman horneros.
Por último, los horneros abrieron una puertita al costado. Y adentro, contó el nono, hicieron un pasillito con una pared curva, para que no entre el viento frío. —¡Qué casa tan inteligente! —dijo Juana.
Esa tarde, los dos horneros cantaron juntos arriba de su casa nueva, y después entraron por la puertita. Juana también entró en la suya: se lavó los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. —Buenas noches, horneros —susurró. Afuera, sobre el poste, la casita de barro estaba tranquila.
Scenes
Después de la lluvia

Después de la lluvia, el campo quedó lleno de charcos. Juana se sentó en la galería con su nono. —Mirá, Juana —dijo el nono—. Llegaron los horneros. Dos pajaritos color canela iban y venían del charco, con barro en el pico.
Un platito de barro

Los horneros dejaban el barro arriba de un poste, bolita por bolita, y lo mezclaban con pajitas. Al final del día había un platito redondo de barro. —¿Qué están haciendo, nono? —Su casa —dijo el nono—. Ya vas a ver.
Paredes redondas

Día tras día, el platito fue creciendo. Primero, una pared bajita. Después, una pared más alta, redonda como un tazón. Los horneros trabajaban juntos y cantaban fuerte, como si se contaran chistes. —Los miramos de lejos —le recordó el nono—, para no asustarlos.
Parece un horno

Unos días después, las paredes se juntaron arriba y la casita quedó cerrada, gordita y redonda. —¡Parece el horno de barro de la abuela! —dijo Juana. El nono se rió. —Por eso se llaman horneros.
La puertita

Por último, los horneros abrieron una puertita al costado. Y adentro, contó el nono, hicieron un pasillito con una pared curva, para que no entre el viento frío. —¡Qué casa tan inteligente! —dijo Juana.
Cada uno en su casita

Esa tarde, los dos horneros cantaron juntos arriba de su casa nueva, y después entraron por la puertita. Juana también entró en la suya: se lavó los dientes, se puso el pijama y se metió en la cama. —Buenas noches, horneros —susurró. Afuera, sobre el poste, la casita de barro estaba tranquila.
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