Mece que mece, la hamaca

Un cuento corto para dormir para niños de 3 y 4 años: en una noche de calor en Mérida, Yucatán, Mateo no se puede dormir… hasta que papá lo lleva a mecerse en la hamaca.

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Published 2026-10-14T09:11:43.073618

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Story

Era una noche de mucho calor en Mérida. Mateo daba vueltas y vueltas en su cama. Se quitó la sábana. Se volteó para un lado. Se volteó para el otro. El ventilador del techo también daba vueltas, pero el aire seguía calientito. —¡Papá! —llamó Mateo—. Hace mucho calor. No me puedo dormir.

Papá se asomó a la puerta y sonrió. —Ya sé qué hacemos. ¡Vamos a la hamaca! En el corredor, junto al patio, estaba colgada la hamaca grande, la de rayas de muchos colores. Ahí sí entraba un vientito fresco. Papá se acostó primero, y Mateo se acomodó a su lado. La hamaca los abrazó a los dos.

Papá empujó el piso con un pie, despacito. Y la hamaca empezó a mecerse: mece que mece, mece que mece. Para un lado, Mateo veía la luna, redonda y blanca. Para el otro lado, veía una cuija pegadita en la pared. —Chk, chk, chk —cantó la cuija. Mateo se rio bajito. —Papá, ¡la cuija tampoco se quiere dormir!

Un vientito movió las hojas del patio: shhh, shhh. —Papá, ¿tú también dormías en hamaca cuando eras chiquito? —Todas las noches —dijo papá—. Y mi abuelita me mecía así, igualito. Mateo se envolvió con la orilla de la hamaca. Quedó bien apapachadito, como un tamalito en su hoja. Sus ojos se cerraban… se abrían… y se cerraban otra vez.

Mece que mece, la hamaca se mecía cada vez más despacio. La cuija ya no cantaba. La luna había subido muy alto, arriba del patio. Y Mateo ya no tenía calor: se había quedado dormido, envuelto en su hamaca, con el vientito fresco en la cara. Mece que mece… mece que mece… Buenas noches, Mateo.

Scenes

Mucho calor

Era una noche de mucho calor en Mérida. Mateo daba vueltas y vueltas en su cama. Se quitó la sábana. Se volteó para un lado. Se volteó para el otro. El ventilador del techo también

Era una noche de mucho calor en Mérida. Mateo daba vueltas y vueltas en su cama. Se quitó la sábana. Se volteó para un lado. Se volteó para el otro. El ventilador del techo también daba vueltas, pero el aire seguía calientito. —¡Papá! —llamó Mateo—. Hace mucho calor. No me puedo dormir.

¡Vamos a la hamaca!

Papá se asomó a la puerta y sonrió. —Ya sé qué hacemos. ¡Vamos a la hamaca! En el corredor, junto al patio, estaba colgada la hamaca grande, la de rayas de muchos colores. Ahí sí e

Papá se asomó a la puerta y sonrió. —Ya sé qué hacemos. ¡Vamos a la hamaca! En el corredor, junto al patio, estaba colgada la hamaca grande, la de rayas de muchos colores. Ahí sí entraba un vientito fresco. Papá se acostó primero, y Mateo se acomodó a su lado. La hamaca los abrazó a los dos.

Mece que mece

Papá empujó el piso con un pie, despacito. Y la hamaca empezó a mecerse: mece que mece, mece que mece. Para un lado, Mateo veía la luna, redonda y blanca. Para el otro lado, veía u

Papá empujó el piso con un pie, despacito. Y la hamaca empezó a mecerse: mece que mece, mece que mece. Para un lado, Mateo veía la luna, redonda y blanca. Para el otro lado, veía una cuija pegadita en la pared. —Chk, chk, chk —cantó la cuija. Mateo se rio bajito. —Papá, ¡la cuija tampoco se quiere dormir!

Como un tamalito

Un vientito movió las hojas del patio: shhh, shhh. —Papá, ¿tú también dormías en hamaca cuando eras chiquito? —Todas las noches —dijo papá—. Y mi abuelita me mecía así, igualito. M

Un vientito movió las hojas del patio: shhh, shhh. —Papá, ¿tú también dormías en hamaca cuando eras chiquito? —Todas las noches —dijo papá—. Y mi abuelita me mecía así, igualito. Mateo se envolvió con la orilla de la hamaca. Quedó bien apapachadito, como un tamalito en su hoja. Sus ojos se cerraban… se abrían… y se cerraban otra vez.

Buenas noches, Mateo

Mece que mece, la hamaca se mecía cada vez más despacio. La cuija ya no cantaba. La luna había subido muy alto, arriba del patio. Y Mateo ya no tenía calor: se había quedado dormid

Mece que mece, la hamaca se mecía cada vez más despacio. La cuija ya no cantaba. La luna había subido muy alto, arriba del patio. Y Mateo ya no tenía calor: se había quedado dormido, envuelto en su hamaca, con el vientito fresco en la cara. Mece que mece… mece que mece… Buenas noches, Mateo.

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Lee despacio, pausa en cada imagen y baja la voz en el último párrafo.