Un columpio para dos

Cuento corto sobre compartir para niños de 3 y 4 años: Sara y Tomás quieren el mismo columpio y, contando hasta diez por turnos, juegan los dos.

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Published 2026-10-11T07:23:16.318058

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Story

En el parque del barrio, en Medellín, había muchos juegos. Pero el favorito de Sara era el columpio rojo. Sara corrió, corrió, corrió... y justo cuando llegó, ¡llegó también un niño! Se llamaba Tomás. Los dos agarraron la cadena al mismo tiempo.

—¡Es mío! —dijo Sara. —¡No, es mío! —dijo Tomás. Los dos jalaban y jalaban. El columpio se movía para un lado y para el otro, pero nadie se podía subir. Sara arrugó la nariz. Tomás arrugó la boca. Así no era divertido.

Entonces Sara se acordó de algo que hacían en el jardín infantil. —¿Y si contamos? —dijo—. Tú te columpias hasta diez y luego me toca a mí. Tomás lo pensó. Miró el columpio. Miró a Sara. —Bueno —dijo—. ¡Pero cuentas despacito!

Tomás se subió al columpio. Sara se paró a un lado, lejos de donde iba y venía el columpio, y contó en voz alta: —Uno... dos... tres... cuatro... Tomás volaba alto, alto. —...nueve... ¡diez! Tomás frenó con los pies. —Tu turno, Sara.

Sara se subió al columpio, y Tomás contó, también desde un lado: —Uno... dos... tres... Y cuando llegaron a diez, cambiaron otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Contar juntos se volvió el mejor juego del parque. ¡Hasta las palomas parecían escuchar!

Cuando el cielo se puso naranja, llegó la hora de volver a casa. —¿Mañana jugamos otra vez? —preguntó Tomás. —¡Hasta diez! —dijo Sara. Esa noche, en su cama, Sara cerró los ojos y contó bajito: uno... dos... tres... Y antes de llegar a diez, ya estaba dormida.

Scenes

El columpio rojo

En el parque del barrio, en Medellín, había muchos juegos. Pero el favorito de Sara era el columpio rojo. Sara corrió, corrió, corrió... y justo cuando llegó, ¡llegó también un niñ

En el parque del barrio, en Medellín, había muchos juegos. Pero el favorito de Sara era el columpio rojo. Sara corrió, corrió, corrió... y justo cuando llegó, ¡llegó también un niño! Se llamaba Tomás. Los dos agarraron la cadena al mismo tiempo.

¡Es mío!

—¡Es mío! —dijo Sara. —¡No, es mío! —dijo Tomás. Los dos jalaban y jalaban. El columpio se movía para un lado y para el otro, pero nadie se podía subir. Sara arrugó la nariz. Tomás

—¡Es mío! —dijo Sara. —¡No, es mío! —dijo Tomás. Los dos jalaban y jalaban. El columpio se movía para un lado y para el otro, pero nadie se podía subir. Sara arrugó la nariz. Tomás arrugó la boca. Así no era divertido.

Una idea para dos

Entonces Sara se acordó de algo que hacían en el jardín infantil. —¿Y si contamos? —dijo—. Tú te columpias hasta diez y luego me toca a mí. Tomás lo pensó. Miró el columpio. Miró a

Entonces Sara se acordó de algo que hacían en el jardín infantil. —¿Y si contamos? —dijo—. Tú te columpias hasta diez y luego me toca a mí. Tomás lo pensó. Miró el columpio. Miró a Sara. —Bueno —dijo—. ¡Pero cuentas despacito!

Uno, dos, tres...

Tomás se subió al columpio. Sara se paró a un lado, lejos de donde iba y venía el columpio, y contó en voz alta: —Uno... dos... tres... cuatro... Tomás volaba alto, alto. —...nueve

Tomás se subió al columpio. Sara se paró a un lado, lejos de donde iba y venía el columpio, y contó en voz alta: —Uno... dos... tres... cuatro... Tomás volaba alto, alto. —...nueve... ¡diez! Tomás frenó con los pies. —Tu turno, Sara.

Ahora cuenta Tomás

Sara se subió al columpio, y Tomás contó, también desde un lado: —Uno... dos... tres... Y cuando llegaron a diez, cambiaron otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Contar juntos se volvi

Sara se subió al columpio, y Tomás contó, también desde un lado: —Uno... dos... tres... Y cuando llegaron a diez, cambiaron otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Contar juntos se volvió el mejor juego del parque. ¡Hasta las palomas parecían escuchar!

Hasta diez, hasta mañana

Cuando el cielo se puso naranja, llegó la hora de volver a casa. —¿Mañana jugamos otra vez? —preguntó Tomás. —¡Hasta diez! —dijo Sara. Esa noche, en su cama, Sara cerró los ojos y

Cuando el cielo se puso naranja, llegó la hora de volver a casa. —¿Mañana jugamos otra vez? —preguntó Tomás. —¡Hasta diez! —dijo Sara. Esa noche, en su cama, Sara cerró los ojos y contó bajito: uno... dos... tres... Y antes de llegar a diez, ya estaba dormida.

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Lee despacio, pausa en cada imagen y baja la voz en el último párrafo.